Han pasado ya más de dieciocho
siglos desde la apertura de las primeras universidades en nuestro país. Sin
embargo, las mujeres solo han visto su presencia en ellas durante los últimos
dos siglos. La discriminación siempre ha sido parte de ese duro recorrido de
las mujeres en los estudios, quedando siempre relegadas a ciertos campos que,
tradicionalmente, se han tachado de ser aptos para ellas.
La lucha de las primeras mujeres
que decidieron enfrentarse a lo “debido” y perseguir sus propias metas ha
dejado huella en la historia de nuestras universidades, y en cómo la proporción
entre alumnos y alumnas se ha ido igualando. Sin embargo, la brecha que
históricamente dejó a estas primeras estudiantes relegadas a los campos de las
humanidades y enfermería sigue estando hoy muy presente.
Son las carreras de Filosofía y
Letras, junto con las de Farmacia y Enfermería las que recogen el mayor
porcentaje de mujeres, teniendo como polo opuesto las relativas a Ingenierías.
Por mucho que los derechos hayan ido evolucionando con el tiempo en favor de la
igualdad de género, las escasas mujeres que encontramos en estos campos de
estudio son vistas como casos aislados, como “bichos raros” en carreras de hombres.
¿Es labor de las mujeres seguir
luchando por esa igualdad o de los hombres aceptarlas como iguales?
Históricamente, se ha demostrado que son tan valiosas como los hombres, que
tienen tantas capacidades como ellas, que intelectualmente están a su altura.
Entonces, ¿por qué esa reticencia a verlas como lo que son: compañeras de
estudio, de trabajo? Quizá necesitemos un par de generaciones más para ver el
sueño de esas primeras mujeres cuando por primera vez pusieron un pie en las
aulas universitarias: un futuro en el que la trayectoria académica no esté
condicionada por el género.
No hay comentarios:
Publicar un comentario